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lunes, 15 de febrero de 2016

Necesito tu comprensión, no tus consejos…






Llevamos ya unos cuantos años sufriendo una crisis que a todos, en mayor o menor medida, nos ha impactado de lleno en nuestra zona de confort.

Es cierto que con algunas personas ha sido mucho más cruel que con otras, como también es cierto que, por desgracia, hoy y siempre, hay y ha habido gente que sufre más que nosotros, que vive en condiciones extremas, que pasa hambre, que vive los horrores de la guerra, que soporta abusos terribles que se quedan impunes y justificados en una cultura basada en principios que violan todos los derechos humanos, argumentados por una religión mal entendida, por unos derechos adquiridos carentes del menor sentido común, sólo por haber nacido hombre, en lugar de mujer en una sociedad machista y fuera de toda lógica.  
        
Es cierto que la injusticia existe en el mundo y a unos niveles desorbitados, es cierto que los abusos de poder basados en los intereses económicos están a la vuelta de la esquina en numerosos sectores, es cierto que vemos todos los días muy cerca personas en situaciones mucho peores que las nuestras...

Es cierto que la vida no es justa, fácil, ni perfecta.

Sí, todo eso es cierto, injusto y terrible, pero lo que también es cierto es que cada uno de nosotros tenemos una vida, la nuestra, con nuestras circunstancias, nuestros propios problemas, nuestras heridas, nuestras propias guerras en las que no nos queda más remedio que luchar cada día.

Guerras en las que nos hieren, guerras que se nos van de las manos,  guerras para las que no tenemos armas, guerras para las que no hay manual sino que lo vamos escribiendo día a día con la sangre de cada herida, de cada derrota, de cada paso adelante conseguido a base de prueba y error, guerras que nos agotan hasta la extenuación, guerras que nos dejan sin aliento, guerras que no queremos luchar, guerras que no buscamos, guerras en las que, por momentos, morimos aún con los ojos abiertos...

Y  llega un día en que ya no podemos más y sentimos que preferimos morir en el campo de batalla a seguir luchando…

Desgraciadamente hay mucha, demasiada gente así muy cerca de nosotros.

Es fácil juzgar desde fuera cualquier situación, es fácil criticar y denostar a personas que están pasando una realidad de profunda tristeza, desconsuelo y desolación.
Es muy fácil decir, “sin estar en sus zapatos”, no tienes derecho a quejarte, no puedes estar así, tienes que valorar todo lo que tienes y ser feliz.

A veces, no es cuestión de no valorar lo que se tiene, no es cuestión de no querer ser feliz, la cuestión está en que todos tenemos un límite, nuestra capacidad no es infinita, ni siempre está al máximo potencial. 

Cada batalla nos debilita, cada herida deja una marca, cada intento de éxito sin resultados va minando nuestra energía y todo pasa factura hasta que las reservas se agotan y sientes que ya no puedes más y no quieres seguir...


¿Sabes?, no hace mucho leía: “Depresión nombre de mi vida”, un post de Ismael Dorado, gran profesional de la psicología, de quien aprendo con cada uno de sus escritos. Y de éste subrayo especialmente esta reflexión:

“Que solidarios somos a veces con las personas que sufren en lejanos países y que distantes con los que sufren a pocos suspiros de nosotros. Muchas veces no hay que hacer nada más que escuchar, agarrar su mano y dejarles sentir que no están solos.”

Cuan profundas y ciertas son esas palabras…

Cuando alguien se encuentra extenuado, sin fuerzas, sin ánimo, sin ilusión, cuando la tristeza se ha apoderado de su corazón, cuando ya no puede más y no encuentra consuelo…. Cuando lucha por salir de ahí pero el avance es tan lento que agota….Cuando para alguien la vida deja de tener sentido…. 

Quizás lo único que necesita es un poco de comprensión y un abrazo que no vislumbra por ningún sitio.

No tenemos derecho a juzgar, a atosigar recordando que no tiene porqué estar así y después salir corriendo por si nos “salpica”.

Te aseguro querido amigo que a nadie le gusta, ni elige por voluntad propia perder la alegría de vivir, así que, por favor, remángate los pantalones y baja hasta el barro, déjate de tópicos, frases hechas y manidos consejos, sólo haz saber tu presencia como roca sólida y fuerte donde apoyarse, y sé ese remanso de vida dónde esa persona pueda descansar, se sienta arropada, comprendida y poco a poco pueda recuperar su fuerza y volver a sonreír.

Sólo dale la mano, camina a su lado y hazle saber que no está sola.

Si de verdad te preocupa la injusticia y la solidaridad en el mundo, comienza por cambiar lo que está en tu mano, quizás algún día también tú necesites que te abracen, te comprendan y te acompañen.


 Esther de Paz
  

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lunes, 11 de enero de 2016

Desencuentros...








Fernando Schwartz obtuvo el Premio Planeta 1996 con su novela “El Desencuentro”, si no la has leído te la recomiendo encarecidamente. Es una novela preciosa llena de emociones y sentimientos.

Yo la leí hace ya 19 años, cuando obtuvo el afamado premio, desde entonces es uno de esos libros que se ha grabado en mi memoria y todavía no ha sido desbancado de la lista de mis libros preferidos.

Te pongo un poco al día mediante un recorte de una entrevista a su autor, en el diario El País, allá por aquellas fechas:


"La novela es en realidad la historia del desencuentro de una mujer con su vida y de un hombre consigo mismo", "Creo poco en el hado"; se tienen golpes de fortuna, a veces continuados, o momentos de mala suerte. Es la sal de la vida. Pero en lo que a la existencia personal (lo que no es la riqueza o la salud) concierne, ambas cosas deben ser encaradas como accidentes exteriores y sólo pueden ser explotadas o derrotadas gracias a un acto de voluntad. El germen de la felicidad está en uno mismo y es uno mismo el que lo hace fructificar o el que lo seca".
La protagonista de El desencuentro, una mujer llamada África, se parece, según Fernando Schwartz, a muchas españolas de la posguerra. Se casa muy joven, la abandona después su marido y es entonces cuando comprende "que ha gastado en un único esfuerzo fallido su oportunidad de ser mujer". En los tiempos de posguerra en que se sitúa la novela, "no existe el divorcio", explica Schwartz, "las anulaciones canónicas son cosa de mucho dinero y sobre las mujeres separadas pesa la sospecha permanente de la inmoralidad culpable". África dedica el resto de sus días a cuidar de sus padres y a educar a su hija. "Todo ello con una única salvedad", apunta Schwartz, "y es que durante tres años, al término de la década de los cuarenta, marcha a México a probar fortuna. Cuando regresa, se reintegra a la disciplina del hogar de sus padres y no vuelve a hablar jamás de lo que ha ocurrido allá". Sólo el empeño de su sobrino (un novelista de éxito) logra poco a poco desentrañar el misterio de lo ocurrido.

  
Bien, se que te estarás preguntando por qué te hablo hoy de una novela de hace tanto tiempo.

El tema es que es cierto que la novela tiene ya muchos años, pero lo que también es cierto es que los desencuentros están en nuestro día a día, se producen mucho más frecuentemente de lo que nos gustaría y son terriblemente dolorosos.

Según el diccionario castellano “Desencuentro” es encuentro fallido o decepcionante, también es un desacuerdo.

Para mí son una serie de circunstancias, alguna casuales y fuera de nuestro control,  que se dan de forma simultánea, contra las que no luchas sino que te dejas llevar, (los motivos son miles), pero lo cierto es que el resultado es absolutamente triste y decepcionante, sobre todo cuando, pasado el tiempo, quieres dar marcha atrás y eso ya no es posible.

Es tan triste que permitas que eso suceda sólo por una falta de acción por tu parte, por una falta de comunicación, por juicios unilaterales basados en supuestos fabricados en tu cabeza pero que no has movido ni un dedo por desentrañar, por averiguar qué está pasando, por romper moldes, por atreverte a dar un paso aun con riesgo de caer al vacío.

¿Qué importa tener riesgo de despeñarte cuando aún en tierra firme tu corazón ya está hecho pedazos?

A veces es un exceso de prudencia, otras miedo a un “no” que no queremos oír y preferimos NO correr el riesgo para oír el ansiado “sí”.

A veces son las circunstancias que te rodean y te arrastran a mantener un pose ficticia que ahoga los gritos del corazón dejándolo inerte, sin vida, relegado a músculo vital del cuerpo para mantener un vida plana y sin emociones.

A veces son falsas conjeturas acuñadas sólo en tu cabeza sin más fundamento que tus dañinos pensamientos en los que te refugias para protegerte de vientos y huracanes que no existen porque si te dejaras llevar, si dieras un paso al frente probablemente encontrarías un horizonte lleno de sol, de vida y color esperando para abrazarte.

A veces crees que alguien se ha ido de tu vida sin avisar y sin embargo esa persona sólo está esperando recibir tu llamada.

A veces…. La vida es tan complicada, o quizás lo cierto es que no es la vida sino nosotros quienes estropeamos, sin abrir, los regalos que nos hace.

A veces amigo mío los lamentos después de tiempo ya no son más que puñales clavados en el alma difíciles de arrancar que te acompañarán toda la vida.

Reflexiona, piensa de verdad y con el corazón, si ha merecido, si merece la pena…

Si en algún momento tomaste la decisión de apostar por por ser feliz,  no renuncies, no te rindas, no tires a la basura ese regalo que muchos envidiarían poseer, tanto dolor es un daño irreparable para el que no hay cabida en ningún corazón.

Quizás no sea tarde, quizás sabes pero no quieres creer que la puerta no está cerrada.

Quizás todavía estés a tiempo de, aún con riesgos,  ir al encuentro de la felicidad.


Esther de Paz

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martes, 15 de diciembre de 2015

¿Eres antisocial? Quizás sufras de intolerancia…







Hace pocos días leía esta frase en Facebook ...

“No soy borde, sólo tengo intolerancia a los gilipollas”

Me pareció buenísima y no dudé ni un momento en darle mi “me gusta”. Confieso que me magnetizó porque me sentí plenamente identificada.

Discúlpame la expresión pero la causa lo justifica.

Verás, soy de esas personas que analiza una y otra vez las cosas, las piensa, las reflexiona, se hace preguntas, busca sus fallos para intentar mejorarlos, consciente de que siempre hay mucho camino por recorrer y muchas, muchísimas cosas por mejorar de nosotros mismos. Y en estas largas y profundas charlas con mi Yo más profundo, llevo tiempo preguntándome reiterativamente si me estoy volviendo “antisocial”.

Hace años ya…. que camino por la vida y cada día, con más frecuencia, observo miles de quejas y lamentos con contrapartida pasividad, no veo acción en las personas, no veo lucha, afán de superación, resiliencia, fuerza y coraje para cambiar esa situación que incomoda, también observo egoísmo, relaciones superficiales basadas en el más puro interés, grupos de personas que se autodenominan amigos y en el momento en que uno de ellos se ausenta se convierte en centro de críticas y sarcasmos sobre su persona, cuando 5 minutos antes eran todo sonrisas, halagos y postureos de "happy friends".

Observo un mundo artificial donde lo material se sobrepone a lo espiritual en una escala desmedida, observo que la nobleza, la coherencia, el compromiso, la honestidad y la empatía han quedado relegados a ser términos olvidados en las páginas de un diccionario.

Y ocurre que cada vez siento menos interés por tener, lo que se entiende por, vida social. Cada día me siento más feliz conmigo misma como única compañía.

¿Por qué?, porque no me interesa "aparentar", porque siento que lo que me rodea no me aporta, no me enriquece, no me apasiona, no me ilusiona, no me hace feliz, me deja indiferente y, lo peor,  absorbe mi energía dejándome exhausta y con una amarga sensación de haber tirado a la basura una parte de lo más valioso que poseo, mi tiempo.

Cuántas veces te encuentras en lugares, situaciones, con personas... y te sorprendes preguntándote… ¿qué hago yo aquí?

Todo eso te revuelve por dentro y le das vueltas y más vueltas y llegas a pensar que el problema eres tú, que tú eres el loco que va por la autopista en dirección contraria pensando que los locos son los que vienen de frente.

Muchas horas de conversación contigo mismo intentando averiguar dónde está el error.

Sin embargo vives momentos maravillosos en compañía de algunas personas dónde todo eso no sucede, dónde sientes una sintonía perfecta, dónde se pasan las horas sin que te des cuenta, donde te cargas de energía, de ilusión, de ganas de vivir, de seguir creciendo junto a ellas, porque te aportan tanto, te llenan y te hacen feliz y en lugar de preguntarte ¿qué hago yo aquí? Llegas a casa con una sonrisa en el alma sintiendo ¡que afortunada soy por tener en mi vida personas que merecen la pena!

Hay un momento en la vida donde de tanta experiencia, de tanto observar, de tanto vivir, de tanto pensar, de tanto sentir…. tienes muy claro lo que quieres y aún más claro lo que NO QUIERES.

No me interesa la gente políticamente correcta
No me interesa la gente egoísta
No me interesa la gente falsa
No me interesa la gente interesada
No me interesa la gente sin nobleza
No me interesa la gente para la que la empatía es un terreno inexplorado
No me interesa la gente que no practica la honestidad
No me interesa la gente que miente
No me interesa la gente con un corazón que no sabe sonreír, ni sentir
No me interesa la gente sin alma
No me interesa la gente simple
No me interesa la gente que se queja y lamenta amargamente pero no mueve ni dedo por cambiar su situación
No me interesa la gente prepotente
No me interesa la gente que se mira el ombligo
No me interesa la gente que te busca por interés
No me interesa la gente fanática de ningún tipo
No me interesa la gente intolerante
No me interesa la gente que se aprovecha del débil
No me interesa la gente que no sabe perdonar
No me interesa la gente que odia
No me interesa la gente que sólo sabe brillar apagando la luz de los demás
No me interesa la gente cobarde
No me interesa la gente sumisa
No me interesa la gente violenta
No me interesa la gente manipuladora
No me interesa la gente sin valores
No me interesa la gente por lo que tiene sino por lo que vale.

No me interesa la envida, la violencia, la venganza, el odio ni la hipocresía.
No me interesa nada que no me aporte como persona, que me haga crecer, ser mejor cada día, aprender, emocionarme, soñar, que me inyecte energía, ilusión, ganas de vivir y que me inspire a sentir a su lado ¡qué bonita es la vida!

Creo en un mundo mejor, creo en las personas, en el pleno significado de la palabra, creo en la amistad verdadera, creo en el amor y creo en los sueños.

Y si por todo ello me tachan de borde, seguiré respondiendo….

“No soy borde, sólo tengo intolerancia a cierto tipo de personas...”


Por eso querido amigo, si tú también sufres de la misma intolerancia que yo, puedes estar tranquilo, no te estás volviendo "antisocial".

Mi consejo de hoy es que no cambies nunca, que no te dejes arrastrar por la masa, que no permitas que nada destroce tus sueños, que no toleres que nadie camine por tu mente con los pies sucios.

Rodéate e invierte en esa gente que te hace feliz, que llena y da sentido a tu vida, que te hace crecer, que te enseña y te inspira a ser mejor persona, que dibuja una sonrisa en tu alma y con la que puedes construir un mundo mejor, más justo y más humano.

Continúa charlando contigo mismo, no temas estar solo, disfruta de tu compañía, se selectivo, invierte tu esfuerzo y tu tiempo en lo que realmente merece la pena, sé fiel a ti mismo, escucha a tu corazón, defiende a muerte tu esencia, tu personalidad y tus ideales, no permitas que te manipulen, revélate y siéntete orgulloso de ser como eres.

No elijas nunca la pastilla azul.



 Esther de Paz

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lunes, 26 de octubre de 2015

El color de la emoción, te contaré un secreto…

el color de la emoción




¿Te imaginas un mundo sin color?

Ufff, me rebelo sólo de pensarlo.

¡El mundo es de colores! los colores nos transmiten emociones y cada emoción tiene su propio color. Los colores nos afectan psicológicamente, nos provocan sensaciones y a cada uno lo asociamos con un estado de ánimo.

Cada color, tiene para nosotros un significado y estimula una reacción, una emoción, por eso el color del que vemos la vida siempre, invariablemente, está asociado a nuestras emociones.

Si estás triste lo más probable es que lo veas todo gris.
Si los problemas se acumulan uno tras otro sin que ninguno se despeje agotando tu resistencia, el color dominante es el negro.
Cuando vives un romance, eres feliz  y sonríes, la vida es de color rosa. 
El rojo es el color del amor y la pasión.
El verde nos evoca frescura, naturaleza, naturalidad, esperanza.
Cuando las cosas salen bien y la perspectiva es favorable, el blanco resplandece llenándolo todo de luz.
Por el contrario, asociamos el marrón a problemas, fastidio, situaciones comprometidas.

Y así los días se revisten de diferentes colores porque en todos y cada uno de nuestros días nos acompañan las emociones.

Yo quiero que mi mundo sea rosa, blanco, rojo, verde, naranja, oro, azul…  ¡Quiero que sea multicolor! También soy consciente de que la gama es amplia y en ella igualmente habitan el marrón, el gris, el negro… pero lo que estos colores no saben es que apenas disponen de espacio porque siempre estoy en guardia para que no colonicen mi vida.

Verás, te contaré un secreto… Yo elegí hace mucho tiempo que, como mínimo, mi mundo tenía que ser Naranja, Oro y Azul. ¿Por qué? 

Porque:
Naranja es calidez, sensibilidad, generosidad, resiliencia, empatía, amistad,  calor, optimismo, seguridad, amabilidad, confianza

Oro es brillo, cariño, riqueza interior, claridad, aventura, riesgo, fortaleza, esplendor, energía, decisión

Y, por supuesto, no podía dejar de elegir…

Azul, inteligencia, serenidad, equilibrio, armonía, fidelidad, belleza, tranquilidad,  paz de espíritu, honestidad, alegría, emoción, sueños… ¡ilusión!

¡Este es mi secreto!

Ahora tú eres mi cómplice  y como tal quiero que me acompañes y, en esta apasionante aventura por la vida  juntos, hagas tuyos mis colores base.
Ellos son los protagonistas de esta nueva imagen que los dos, Tú y Yo,  ¡estrenamos hoy!

Ven, dame la mano, sumérgete conmigo en  www.estherdepaz.com 
¡Quiero que disfrutes!

¿Te gusta?

¡A mí me encanta! porque está pensada para ti y por ti y  para que la disfrutemos en total y absoluta complicidad.

¿Sabes? me ¡he vuelto a pintar!, me he vuelto a pintar para mejorar, para que mejores, para provocar tus emociones, para disfrutar y que tú lo hagas conmigo,  para que sintamos juntos un nuevo soplo de aire fresco en el rostro y con esa fuerza…  ¡coloreemos el mundo!

Quiero que cada vez que me pienses o me busques escribiendo en tu dispositivo “EstherdePaz”, sientas que estás en casa, en primavera, en un lugar apacible donde reina la armonía, sientas que entras en tu rincón, donde puedes respirar, tomarte un café, descansar, charlar, sonreír, reflexionar, sentir, emocionarte y sobre todo saberte escuchado, acompañado y comprendido.

Naranja, oro y azul, mis colores ¡y los tuyos!   Recuerda… ese es nuestro secreto.

Y ahora, convencido y desde el corazón, repite conmigo:

¡No! A un mundo sin color, ¡No! a un mundo sin emociones. 

Adelante, no hay tiempo que perder!, juntos, vamos a cambiar el mundo, pintarlo de color y a rebosar la vida de emoción.




Esther de Paz


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lunes, 27 de abril de 2015

¿Hablamos de Valores?




valores éticos


Yo me valoro, tú te valoras, él se valora….  

Yo tengo valores, tú tienes valores, él tiene valores, ellos tienen valores….

¡Falso!

Es cierto que estoy utilizando dos conceptos diferentes en mis afirmaciones, en el primer caso se trata del verbo “valorar” y en el segundo del sustantivo “valores”, pero de ambas cosas quiero que hablemos en nuestra charla de hoy.

Comencemos por el verbo.

Valorar es apreciar algo, estimarlo, darle aprecio. Y cuando hablo de valorarse me refiero a todo aquello relacionado con uno mismo.

¿Nos valoramos a nosotros mismos?

¡No! no lo hacemos, no tenemos en cuenta todo nuestro potencial, lo que demostramos cada día, lo que somos, nuestros logros, las dificultades superadas, las veces que hemos remontado, todo lo que hemos construido con nuestro esfuerzo  y tesón.

Sólo lo hacemos si obtenemos la aprobación externa, parece que sin eso no somos nada. ¡¡¡Error!!!

Valorarse es mirarse al espejo y sentirse orgulloso de uno mismo, ver una imagen de alguien GRANDE, que ha llegado hasta ahí a pesar de las dificultades, que ha remontado una y mil veces las zancadillas de la vida, que ha superado obstáculos, que corre cada día hacia la meta sin mirar atrás, que no le pesan las mochilas porque las lleva cargadas de sabiduría, que se permite debilidades sin flagelarse, que se hunde por momentos… pero que resurge de las cenizas como el ave Fénix, que puede ver sus resultados porque están ahí, ¡porque los lleva puestos!

Y ¿por qué no lo hacemos? ¿Por qué no nos valoramos? ¿Por qué necesitamos que sean los “otros” los que lo hagan?

Es el momento de romper el bucle, es el momento de parar, de pensar, de hacer recuento…. de poner encima de la mesa lo que suma y lo que resta y ver el resultado.

Dime… 
¿Qué ves?
¿Cómo te sientes? 
¿Estás sonriendo? 

¡Enhorabuena!

Porque ahora SÍ, ahora tú y sólo tú eres ¡quién te está dando valor!


Ahora abordemos el sustantivo, hablemos de Valores…

Esto es otro cantar, ¿valores? ¿Qué es eso?

Valores son principios que nos permiten realizarnos como personas estructurando y orientando nuestro comportamiento de forma respetuosa y sin afectar de manera negativa a quienes nos rodean.

Son creencias fundamentales que nos ayudan a elegir, apreciar y preferir unas cosas o un comportamiento en lugar de otro. Son fuente de satisfacción y plenitud y desarrollan virtudes que benefician a nuestro entorno y a la sociedad en general.

Justicia, libertad, responsabilidad, honestidad, respeto, lealtad, solidaridad, generosidad, agradecimiento, amistad, amor, tolerancia, empatía, sinceridad.

Y todo eso es precisamente lo que esta sociedad está perdiendo, lo que, sin saber por qué, se va quedando como algo en desuso.

Cada vez más oímos hablar del presente, del momento, del ahora….

¡Bien! Comparto esa filosofía,  es buena porque nos invita a prestar toda la atención en el momento en el que estamos, nos invita a disfrutarlo, a saborearlo, a vivirlo con intensidad, a no perdernos lo mejor de cada día dispersando nuestra atención en un pasado que se fue o en un mañana incierto…

Eso es maravilloso, vivir con plenitud cada instante y enfocar toda nuestra atención en ello, de tal forma que cada día tenemos la oportunidad de ser felices, de sonreír, de tener ilusiones, de vivirlas, de soñarlas y de conseguirlas….

Pero no hay que confundir el “ahora” con el “YO” y “mi ombligo”.

Vivir el presente es fantástico, mirarse el ombligo ¡nefasto!

Centrarnos únicamente en el YO a cualquier precio tiene un coste muy alto con resultados lamentables.

Si alguna vez tienes dudas entre el YO y el vivir el AHORA, antes de continuar hazte esta pregunta: “¿Cómo me sentiría yo si me lo hicieran a mi?”…. la respuesta despejará todas tus dudas.

Después… ¡la elección es tuya!  Pero con una diferencia, sabrás que clase de valores son los que practicas.

Recuerda:

Valórate como te mereces sin esperar a que lo hagan por ti pero nunca, NUNCA, le des la espalda a tus Valores.

En definitiva y de una manera muy simple no te he contado otra cosa que ¡¡la receta del éxito!! 

Si este post ha servido para hacerte pensar, he conseguido el objetivo.


Esther de Paz